Largo y extraño día. Se presta para fumarme un cigarro mientras lo escribo con calma, reviviéndolo. Dudo porque ya me lavé los dientes y me puse la piyama, y tengo como regla particular no fumar con la piyama puesta. A veces me lleno sin darme cuenta de reglas tácitas, molestas e inservibles. Rígidas e insalvables... Voy a fumarme un cigarro, hoy estoy harta de reglas. Listo. Inhalo y me lleno de humo.
Me levanté a las 7:05 y llegué dando tumbos al baño. Me tomó unos minutos darme cuenta de que la reunión de anoche y las tres cervezas había dejado más rastros en mí que de costumbre, pero creí que con un baño desaparecerían los efectos del alcohol. Lo único peor que madrugar el domingo después de una fiesta para ir a cuidar un par de horas a tu abuelo dormido en un hospital, es enterarte que se descompuso el calentador cuando ya estás titiritando de frío y de resaca en el baño, con un pie en la regadera... Mal agüero. Me lavé los dientes, la cara, me comí un plátano y al hospital. Nada nuevo, abuelo aún inconsciente, en un estado de semi-coma. Por lo menos parecía dormir tranquilo. En la espera pronto dejé de sentir los efectos del alcohol y del sueño.
A las diez me relevó mi madre y yo pude acudir a la cita semanal con mi padre y mis hermanos. Desayuno bien, baño caliente en su casa y lista para ir a la iglesia de San Judas en metro Hidalgo... extraño destino como paseo dominical, pero mi padre de pronto es devoto y quería una imagen bendita para su nueva oficina. Ahí vamos mi hermana Milena, mi hermano Eugenio, mi padre y yo. Llegamos casi al final de la misa de mediodía y me sorprendió la cantidad de gente que abarrotaba la iglesia. Aquello parecía concierto gratuito en el zócalo o la estación de metro Zócalo en sábado a cualquier hora. Compramos imágenes y veladoras y la seño vendedora nos recomendó acercarnos al altar antes del final de la misa, cuando bendicen los objetos, misión que parecía imposible. Eugenio y yo, armados de valor, comenzamos el recorrido de la iglesia, desde la entrada hasta el altar. Eugenio, de 11 años, abría camino, porque era más fácil dejar pasar a un niño entre tanta gente. A codazos y compermisos llegamos casi a medio camino cuando supe que sería imposible llegar al altar antes de que acabara la misa, y la muchedumbre nos regresara a la entrada. Y entonces, de la nada se formó una fila de personas que, como nosotros, llevaban las manos llenas de imágenes, figuritas, velas e inciensos. Ya la hicimos, pensé, esta es la fila para bendición de objetos, y de pronto avanzábamos sin problemas hacia primera fila. Eugenio iba por delante y yo le susurraba: cuando llegues, extiendes los objetos para que los rocíen con el agua bendita... En el último momento, pésimo momento, me di cuenta de que era la fila para comulgar, y recordé de pronto el año que Eugenio lleva preparando a intervalos su primera comunión, tomando catecismo, haciendo planes, imaginando el contacto con la hostia sagrada por primera vez. Sólo acerté a decirle quedito 'abre la boca' cuando llegó ante al sacerdote, y fue todo. La ilusión místico-religiosa de un niño de once años terminó abruptamente por la torpeza de su hermana mayor a la que no se le ocurrió sacarlo de la fila. Su primera comunión había pasado.
Enfin, bendijeron los objetos, nos reímos de lo ocurrido y acordamos no decirle nada a su madre que podría no tomarlo tan a la ligera... Después, un recorrido por el panteón de San Felipe, recomendable para buscar nombres extraños y héroes de la patria y una breve pero positiva visita a la exposición temporal de pintura europea del Museo de San Carlos. Decidimos ir a comer a Boca del Río, ya que nuestro día estaba en Santa María la Ribera. Para no complicarnos, dejamos mi vocho en un estacionamiento público. Le pregunté al don ¿tengo que dejarle las llaves? Sí, respondió, déjelas en su coche. Yo obediente, metí la llave en el contacto y cerré el coche. Con seguro. Carajo. Otra vez me di cuenta al último momento, pésimo momento. No hay problema, llamo a la AMA y lo resuelven enseguida. Comimos, llamamos a la AMA, esperamos. Una hora, sentados en el estacionamiento. Llega el joven cerrajero, caminando. No sabía a lo que venía, no trae herramienta. Nos volvemos a sentar a esperar la herramienta, media hora, una hora. Llega la herramienta. Nos abren el vocho. Le doy 20 pesos y agradezco. Milena se encuentra un pajarito tirado en el piso justo antes de irnos. Parece que está herido o enfermo. Decide llevárselo para intentar salvarlo. Acalorados y cansados vamos de vuelta a casa por un café; ya en la cafetería intentamos darle pan al pajarito y se revuelve como diciendo que no, y de pronto muere. Extraño acontecimiento, la muerte de un pajarito callejero.
Casi las 8 de la noche, me despido y me regreso a mi casa. Llego cansada y con ganas de contar en mi blog el día largo y lleno de tontería que he vivido. Una porra y un abrazo a quien haya leído esta entrada, igual de boba y larga como mi día.
Saludos.