10 de mayo de 2011

Y otro...

Es 10 de mayo. Voy a escribir un post, me digo. Así que me sirvo una copa de vino, me hago de unos cigarros, y  me siento ante la pantalla. En blanco. Releo antiguos posts para entrar en el mood y me molesto a mi misma. No, si este blog ha de seguir, debe de tomar un nuevo camino. Debe comenzar a contener algo que en verdad valga la pena leerse. Así como está concebido hasta ahora, este blog es demasiado ególatra. (A veces me impresiona cuan poco me importa aquello que no está relacionado de manera directa conmigo). La lógica me dicta que este blog ha de tratar de pintura, de arte. Pero esa idea tampoco me convence. Protesto, este blog no es únicamente profesional, una reunión de trabajo. Es más interno, personal y complejo. Podría volverse espejo de mis ideas, si es que existen. Me gusta mantenerlo porque me permite constatar el paso del tiempo: el cambio constante, que es el que pasa inadvertido. Y sin embargo, es demoledor. El tiempo es un construir-deconstruir-permanente de personalidad, problemas, ideas y situaciones. Uno se enfrenta a problemas, los sufre, los arrastra un rato, los resuelve. Uno sigue adelante, creyendo que ha aprendido, que ha cambiado, tal vez lo ha hecho. Pero llegan otros, distintos, peores. Eso es el tiempo. Ante cada problema uno se deshace y reacomoda los pedazos de manera distinta. Estamos en una permanente deconstrucción y construcción, como un lego que de pronto es avión, luego barco y luego persona. Luego calle, edificio y ciudad. Cuando uno tiene 60 años, ¿cuál ha sido el efecto del tiempo? La cara y el cuerpo son otros, pero con tantita suerte, la mirada persiste. Lo que hay en el fondo se ha ido puliendo y lo que no sirve se ha ido desechando.  Sin embargo, la intuición me dice que uno, después de tanto romperse y volver a pegar los pedazos, se ha vuelto frágil. Acaso nunca volvemos a tener la seguridad de los 15, los 20 años; esa seguridad en uno mismo y en que todo es posible. En realidad no es más que la voz de la inexperiencia y a veces de la frivolidad. Nunca he comprendido del todo el significado de la palabra inocencia. Tal vez esa seguridad es la inocencia, una fuerza incomparable, una confianza absoluta. Y por eso dicen que cuando se pierde la inocencia nunca se recupera. Cuando uno comienza a romperse en pedazos, y a pesar de eso sigue adelante, es cuando se da cuenta de que no somos eternos, ni únicos ni magníficos. Somos solo tierra, carne y entrañas, materia viva. Que duele. Y se acaba.