15 de marzo de 2009
Love
Hoy tengo ganas de escribir. Son casi las ganas físicas de hundir una pluma en un tintero y adquirir de pronto la capacidad de ver los pensamientos, bajo la forma de un continuo garabato negro, sobre el papel. La mecánica es ahora distinta. En Word, los pensamientos son luz en una pantalla. Creo que eso los hace más lejanos, definitivamente más difíciles de aprehender. Pero esa opinión se debe a que soy materialista de corazón: poder tocar para creer.
Hoy el post es fuera de lo común. Ganas verdaderas de escribir, sobre un tema en particular. Cuando yo tenía 15 años, en mi casa contaba con conexión a Internet. Me volví fan de los chats; antes incluso de que hubiera ICQ. En la vida real, yo estaba en plena pubertad, pero era aún muy aniñada. Me vestía todavía con la ropa que me daban mi madre y mis tías, casi todos vestidos floreados y botines. En una reunión con amigas, donde se discutía la Tu del mes y algunas compartían el descubrimiento en carne propia del desarrollo corporal, yo causé risas y miradas extrañas al preguntar qué eran los jeans de los que todas hablaban. Para mí, eran pantalones de mezclilla y se reservaban sólo a los fines de semana en que salíamos de la ciudad. Ni qué hablar de los chicos. Sabía que existían, pero yo creía que se podía llamar novio a alguno sencillamente con que te gustara. (Eso también provocó risas y serios malentendidos en su momento). Sin embargo, cuando llegaba a mi casa después de la escuela y me conectaba al chat, me sentía diferente. Ahí sí conocí a los chicos. Tras intercambiar unas cuantas líneas con chicos cuyos nicks ahora me dan risa, nos jurábamos amor eterno y pasábamos tardes enteras escribiendo poemas de amor. Me sentía increíblemente orgullosa de mí misma. Todo el día en la escuela, pensaba en el novio del momento y en cuanto llegaba a casa me conectaba para chatear con él y decirle que todo el día en la escuela había pensando en él. Eran seres imaginarios. En mi mente adquirían todas las características posibles: eran los más guapos, los más tiernos, los más románticos. Imaginaba largas caminatas en parques desiertos, con conversaciones apasionantes sobre cualquier tema. Incluso yo me volvía un ser imaginado. Era mucho más atractiva, tenía el pelo largo, insoportablemente sedoso. Sabía exactamente qué decir en qué momento, y era la chica soñada por cualquier chico. De lunes a viernes, toda la tarde.
Ahora, todo esto no sólo es corny, sino increíblemente irrelevante. Es casi un pasado oculto. Ahora no tiene nada que ver con el amor ni con cualquier relación establecida con el sexo opuesto; por lo menos para mí. Pero en ese entonces, lo era todo. En aquellas relaciones virtuales, extraídas del mundo de la publicidad, no cabía el dolor. Hubo algunos momentos embarazosos en que pasaba de uno a otro y ambos se juntaban en la misma sala de chat. Pero eso fue lo más cercano a una ruptura. Tampoco cabía el sexo, naturalmente. Sólo en una ocasión uno comenzó a describir lo que haría si estuviéramos juntos en ese momento (evidentemente obteniendo mucho placer al hacerlo), y me asustó tanto lo que describía que cerré la ventana inmediatamente y no volví a ese chat en un rato. Como dije antes, yo me sentía todavía una niña.
No ha pasado tanto tiempo, though. Escasos diez años. El panorama de las relaciones ha cambiado notoriamente, junto con muchas otras ideas y realidades. Soy una más en las filas de los millones de seres humanos que buscan el amor real y no virtual, el contacto físico y cotidiano con otro. Tarea que pareciera sencilla por ser milenaria e instintiva, vista y vuelta a ver en todas las formas de expresión humana, aprendida desde pequeños, y una de las nobles búsquedas de nuestra vida. Pero en realidad, no resulta sencilla sino misteriosa. El dolor es uno de los hilos que la tejen. Y, por ende, aparece también el miedo, eterno entorpecedor de cualquier tarea. En realidad, me gusta creer que el amor es algo espontáneo. Para mí, no se busca. Sólo se da, si existe un terreno fértil y si eres un poco afortunado. Pero, ¿después? Y es ahí donde reside el verdadero misterio. ¿Cómo se mantiene? ¿Es cuestión de inteligencia, de karma, de líbido, o de buena voluntad? Hay algunas parejas que conozco, muy pocas en realidad, que desde afuera parece que han tenido éxito en desentrañar el misterio. Siempre he tenido ganas de preguntarles al respecto. Pero me parece una cuestión tan íntima, que aunque son buenos amigos, no me atrevo a tocar el tema. ¿Qué puede decir uno? ¿”Oye, dime cómo lo hiciste, cuéntame el secreto”? Es como una línea tomada de una comedia romántica. La intuición me dice que ese misterio está hecho de la misma materia que la vida misma. No es algo que se pueda explicar o compartir con quienes no lo han vivido. Las teorías y los consejos salen sobrando, porque nadie puede comprender lo que no puede comprender.
Y tal vez, si lo mira uno bien, no hay nada ahí. Nada para comprender o explicar o compartir o teorizar o aconsejar. Puede ser que el amor sea solamente algo que pasa, que ocurre y que a veces dura más o dura menos. Que de pronto es placer y de pronto es dolor y de pronto es unión, por instantes. Y es todo.
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4 comentarios:
estresante.. accidentado.. pero siempre es maravilloso poder compartirlo.. se que puede resultar una experiencia difícil.. un reto..
pero creo que está buenísimo que hayas tenido esa experiencia.. que está creciendo mucho y que así como aprenderás donde te gustará estar.. también irás aprendiendo a dominar los lugares difíciles..
brindo por tu talento amiga mia..
¿Le gustaría tomar un té conmigo? le parece?..
un abrazo querida..
nos veremos..
China, me acabas de dar un momento muy indo para recordar... benditos chats que siempre le sacaban a uno unos perfiles de sueño.... un beso querida
Mi querida mademoiselle... me encantaría tomar un te con usted. O un café.
(si tiene usted mis datos, no?)
hmm y yo soy de esos bichitos raros que saco al principe azul de la pantalla y si vivio torridos romances con dulces inadaptados sociales jaja aunque cada vez mas me parece que todo eso sucedio en otra vida o a otra persona..
saludos corazon
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