11 de febrero de 2010
Aging
Desde que cumplí 26 años he estado actuando de la forma más extraña. En seis meses he cambiado hábitos, likes and dislikes, ideas, formas de actuar. He dejado de fumar, de salir, de tomar y de bailar. Lo más raro es que hubo un cierto malestar que, a veces más notorio, a veces menos, se mantuvo latente throughout 2008 y 2009 (ver por ejemplo, entrada Weird Times). Los cambios que ha habido responden a este malestar. Es, digamos, la búsqueda por una vida mejor o diferente. Las actitudes de antes me aburren, etcétera.
Toda esta introducción es para platicar que ayer hice algo que antes de mis 26 nunca nunca se me habría ocurrido hacer. No sólo no lo habría hecho, sino que me habría mofado de quien lo hiciera. En fin: gasté 450 pesos en una tarjeta de entrada mensual a un gimnasio. Y asistí a una primera clase de aerobics que me hizo sudar y ponerme tan roja que me dio vergüenza estar en público y frente a tantos espejos. Pero vergüenza y todo seguí hasta el fin de la clase y me propongo regresar varias veces por semana.
La verdad es que me sentí muy contenta. No sé qué es lo que ha pasado en estos seis meses, pero me tiene cada vez más diferente... y cada vez más feliz.
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2 comentarios:
Calma, China, los aeróbics igual y no son super atractivos pero sí más o menos normles (aerobics para chicas, aparatos aburridos para hombres), y cuando tu trabajo implica, a lo mucho, cargar materiales pesados cada mucho tiempo, es casi -pero no tanto- necesario. Cuando empieces a tomar cursos de Yoga, cocina alternativa, manekjo del estrés, flores de bach, apoyo a comunidades y así, ahí sí aguas, pero aguas.
lo que sí es cierto es que nadie encuentra el amor en un gimnasio
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