25 de julio de 2009

Madrid I

He llegado. Con día y medio que llevo aquí me siento ya diferente. El primer día, medio día, lo he dedicado a descansar. En el avión casi no dormí aunque no me puse nerviosa con el vuelo. Cuando entrábamos en turbulencia, sencillamente pensaba que estaba ahí por decisión mía y eso me daba seguridad y me tranquilizaba. Llegué a Madrid, a la casa de mi tía que es maravillosa. Una casa grande, en las afueras, con perro y piscina y refrigerador que hace hielitos, todo el paquete. Llegué en un estado alterado de conciencia por el cansancio. Aventé las maletas y dormí varias horas de tirón. Desperté a cenar, saludé a la familia y de nuevo a dormir. Desperté casi a mediodía, en la casa vacía -cada quien en sus cosas- y me metí a nadar al agua fría de la alberca. Comenzaba a sentirme tranquila, en cuerpo y mente. Y a darme cuenta lo difícil que es tener la mente en calma cuando estoy en México, en mi vida normal; el caudal de pensamientos cotidianos generalmente me jalan y me llevan a empujones, casi siempre terminando en la angustia. Aquí, ahora, es sencillo vivir el momento. No puedo hacer más, a eso vine. Por la tarde me fui a Madrid. Me bajé en el metro Sol, y caminé a la Plaza Mayor. Callejeando, me fui hasta la Almudena, el Palacio Nacional y luego subí por todo Princesa hasta Moncloa. Estas caminatas europeas, sola y en silencio, son un alimento buenísimo para mi alegría. To wander around, sin rumbo ni ruta fija, me hacen increíblemente feliz y ligera. Me tomé un expreso helado para el calor, me fumé unos cigarros, escribí y dibujé en mi libreta... y he vuelto contenta. Creo que me estoy recuperando de lo que sea que me haya invadido en estos últimos meses, una tristeza rara, una angustia. En fin, el lunes me voy a Barcelona y luego paso la noche viajando a París. Llegaré a París el 28 en la mañana, el día de mi cumpleaños. De modo que volveré a celebrar un cumpleaños ahí, como a los quince. ¿Sabes algo, Mil? Estuve pensando y qué bueno que te vas. No por nosotros, que te vamos a extrañar un chingo, sino por ti, porque estar lejos y estar sola es, por lo menos al principio, tener las cosas un poco más fáciles, un poco más claras, un poco más ligeras. Es volver a empezar, es la emoción del inicio y es la posibilidad abierta. Eso vale la pena y eso hay que procurar no perderlo, incluso después, cuando uno está ya tan habituado a la vida que no ve posibilidad alguna. Es sólo aparente... en realidad siempre hay posibilidades.

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